El torbellino hormonal.

Hoy es viernes y no estoy nada contenta. Me siento en mi nueva super mesa de la oficina. Me entra una nostalgia tremenda cuando me acuerdo de mi pequeña y vieja mesa, la anterior. Las lágrimas invaden mis ojos. Y es en este momento cuando me doy cuenta. Estoy premenstrual. Ahora lo entiendo todo coño. Una es sensiblona pero no para estar al borde del lloro por una mesa vieja.

Entre mis amigas hay una máxima. Si alguna te llama y te dice que se quiere ahorcar, pregúntale primero si está premenstrual. Si te dice que sí no hay riesgo. Todas lidiamos con ese drama extremo cada puto mes. Y no hablo de la menstruación ni sus dolores. Ni de esas tetas que se me hinchan como globos y encima de manera desigual. Hablo de luchar contra esas malditas hormonas que nos vuelven locas, que nos catapultan al foso más profundo.

Hoy llevo a mi perra a la pelu. Nada de pijerias, para que la bañen y la sequen y que yo me ahorre un tsunami en mi casa. Por el camino paso por el sitio donde el Sr. Calcetín y yo nos dimos el primer beso. Ni lo había pensado. Pero esas hijas de perra de las hormonas sacan a lo relucir lo  que sea. Otra vez lo mismo que con la mesa. Angustias, ganas de llorar. Pero por suerte mi parte racional flota por encima de las hormonas y me dice al oído: «no es grave, esta mañana casi lloras por un trozo de madera». Ai si. A tomar por saco el Sr. Calcetín y su corazón de piedra.

Dejo a Pelos que, con su cara de pena, me provoca el tercer ataque lacrimógeno del día. Como siga así, en dos horas me tiro debajo de un camión en marcha. Me dirigo a Valle Verdi, me compró un vestido y me siento en una terraza a tomarme un carajillo. Ya estoy un poco mejor. Saco los auriculares y pongo música. Ahora ya estoy salvada.

SÁLVESE QUIEN PUEDA (Vetusta Morla)

Deja un comentario