Ante todo y que quede claro, adoro a mi madre con toda mi alma y ser. Sólo de haberme aguantado con mi explosivo carácter en medio de la adolescencia, se merece que saquen la estatua de Colón y la pongan a ella. A mis treinta y tantos años su casa es un refugio, una burbuja donde se pasan todos mis males, pero a veces me transporta a una eterna juventud. No es un hecho aislado. Muchas de mis amigas quieren estrujarles el cuello a sus madres cuando conviven unos días con ellas. Porque aunque seamos mujeres hechas y derechas seguimos siendo sus niñas. Y punto. E insisto, dentro de esta dinámica mi madre es de las «menos pesadas» pero he aquí alguna de las perlas que me tengo que escuchar:
- «Vete ya a dormir, que mañana madrugas y no te vas a levantar» ( Tengo un master en dormir dos horas e irme a trabajar, mamá)
- «Este vestido te quedaría mejor con una fajita» ( Lo siento, esto es lo que hay, no voy a suicidarme metiéndome dentro de una faja)
- «¿Otro chico? Menuda carrera llevas hija… ( Y menos mal que sólo te he nombrado el 10 % de hombres que han entrado en mi vida).
A todo esto tengo que añadir que como NO soy madre no tengo que oírme la cantidad de «cosas mal» que hago con mis hijos, que pueden ir desde al corte de pelo, a la manera de cocinar el pescado para que lo coman mejor….Tengo un amplio registro contado por mis amigas con cachorros que dan ganas de salir corriendo de la casa de la progenitora.
Pero ellas son las que nos han dado el amor más puro. Las heroínas que nos han sacado adelante, que nos han dado cariño en medio de huracanes y torbellinos emocionales. Las auténticas dirigentes de este mundo.
SLIPPING TROUGH MY FINGERS (Abba)
