Mi interés por el arte llegó tarde. O eso creía yo. Pero vamos, recuerdo perfectamente la atrocidad que cometí con 16 años estando en Amsterdam. «¿Quieres visitar el museo de Van Gogh?».
Pues no.
Un año más tarde estaba totalmente enganchada gracias a un profesor con unas dotes excelentes para enseñar Historia del Arte. De hecho, fue una de las opciones que barajé para estudiar en la universidad. Pero mi padre me dijo que me iba a morir de hambre. Tenía razón y no. Siendo mujer de letras no me iba a ganar bien la vida de ninguna manera.
En mis ensoñaciones absurdas siempre me gusta comparar situaciones con cuadros, esculturas y pinturas:
- Cuando voy pedo enfoco igual que «Venecia» de Signac.
- Cuando me enamoro, él es como el «David» de Michelangelo aunque en realidad sea lo más parecido a una pintura rupestre.
- En cambio cuando me destrozan el corazón, me imagino que soy «Saturno devorando a sus hijos» de Goya. ( Y le arranco la cabeza a él, claro).
- Cuando salgo de la pelu ( y estoy contenta), soy como «El nacimiento de Venus» de Botticelli.
- Cuando algo se me hace larguísimo es cómo la Sagrada Familia, que nunca se termina.
- Y cuando no entiendo algo y luego tiene mucho sentido me veo como un Pollock (cualquiera).
- Pero en resumen: Mi vida es cómo el Jardín de las delicias ( El Bosco). Porque siempre hay algo, aunque sea un detalle miserable, que me sorprende.
HDA ( Las Bistecs)
