Cuando tu hermano te llama a las 8 de la mañana es que algo ha sucedido. La última vez fue para decirme que nuestra madre se había caído y se había roto el hombro. Pero esta vez ha sido algo peor. Una muerte inesperada, repentina, de alguien muy cercano. Si, ley de vida y todas esas mierdas. Pero duele joder.
Lo jodido de ser atea es que nada justifica la muerte. No es la salvación, la redención, ni ninguna ostia divina. Quizá para alguien que está sufriendo de manera desorbitada si, pero es algo con lo que normalmente cuesta lidiar. ¿Cómo encaras la vida después de algo así? ¿Viendo que en un instante la vida puede cambiar? ¿Qué en un momento todo da un giro? ¿Qué nunca más podrás hablar con esa persona?
La física me cuenta que todo tiene un inicio y un final. Quizá deberíamos morir todos a la vez para no extrañar y que no nos echen de menos si nos vamos al otro barrio. Eso si, si nos tenemos que morir aplastados por un meteorito prefiero saberlo con antelación para estar con los míos y ser desintegrados por el cosmos todos juntos, como si fuéramos a perpetuar un suicidio colectivo.
Igual debería meterme a practicante de alguna religión que me de calma y paz en este asunto. Pero seguramente me entrará un ataque de nervios de ver las memeces y sandeces que cuentan, así que prefiero vivir en mi realidad, si existo en base a cuentos chinos, al menos que sean los míos.
Lo dicho, todo tiene un inicio y un final. Y no tengo ni idea en que parte del trayecto me encuentro ahora mismo. Quizá a unos minutos, quizá a unos lustros. No lo sé, nadie lo sabe.
INVITATION TO A FUNERAL (Two Gallants)
