Voy (vamos) por la tercera semana de confinamiento. Mis lavadoras sólo se llenan con chandals, bragas y calcetines viejos. En estos momentos desearía tener el armario de Rosalía para no sentirme una diosa a la par de cómoda. Pero el COVID no avisó, o si y no lo quisimos escuchar.
Aquí cada uno lo vive como buenamente puede. Con hijos, con pareja, solos, dejándose la piel trabajando. Pero las mujeres que menstruamos lo respiramos además de 4 maneras diferentes.
Empecé el encierro en fase preovulatoria. Me sentía en paz, medianamente feliz. Veía luz al final de la pandemia y me dedicaba a subir los ánimos a todo aquel al que se le ocurriera salpicar algo de pesimismo. Era algo parecido a un gurú de esos que abrazan a la gente para la disolverle sus penas y los traumas.
Pero empecé a ovular. Y el estallido enérgico me alcanzó. Empecé a limpiar cosas que jamás había tocado, inscribirme en 300 cursos online e incluso atreverme a querer a aprender Chino ( en plan, «éste es el idioma que va a acabar mandando»). Mi Satisfayer sacaba humo. Lo hacía, leía y miraba todo. A todas horas. Era como una anfetamina con patas.
Pero ha llegado la lluvia y con ella la fase lútea, premenstrual. He bajado a la perra y me ha dado el ataque de melancolía. Todo lo que me he ido cruzando me ha generado pena y más pena. Cuando me he visto delante de una papelera, lamentado que no albergara los papeles y restos de bocadillos de las meriendas de los niños al salir de la escuela, he reaccionado y me he subido para casa. Me faltaba un suspiro para acabar llorando abrazada a un banco.
En breve regla. Tendré que hacer acopio de chocolate y enantyums. Pero por el resto bien. Poder pasar el dolor de ovarios en el sofá siempre se agradece.
SANGRE POP (Tremenda Trementina)
