Nadie pensaba a principios de año que unos meses más tarde íbamos a estar así. Estoy harta del «Resistiré» y del «Estas cosas sacan lo mejor de la gente». Yo prefiero quedarme con «Estas cosas hacen más evidente como es la gente», es decir, quien siempre ha sido un miserable ahora es una muestra latente de ello. Y no soy pesimista, simplemente realista. Supongo que siempre fuimos unos románticos al pensar que delante de una catástrofe, todo el mundo seria bueno.
Mi trabajo ya no existe. No sé cuando volveré a esas oficinas del extrarradio. Echo de menos a mis compañeros/as pero no al jefe sociópata que tengo. Y no es un atributo lanzado al aire en modo etiqueta. Es un sociópata real ( y sin tratamiento).
Medité durante un par de días qué hacer durante el tiempo que tenia por delante. Y un mes más tarde de que empezara el estado de alarma he vuelto a mis orígenes, a dedicarme a los servicios sociales. Que sí, que muy bonito, que es una labor muy importante, pero en el BOE no estábamos ni contemplados como servicio esencial. En los medios tampoco se habla de todo el trabajo que se hace estos días. Tanto los trabajadores como los usuarios somos invisibles para la sociedad.
Así que modificando ciertos datos para respetar la privacidad de la gente, os voy a relatar nuestro día a día.
Estoy en una residencia con 4 plantas. Dos de ellas tienen casos de Covid «ligeros» y las otras dos son gente en cuarenta. Las personas que están allí tienen enfermedades mentales de todo tipo. Los han aislado de sus residencias habituales para que no contagien al resto de sus compañeros.
El primer día de trabajo solo recibo un paciente en mi planta. Es un señor muy alto, grande, hablador y simpático. Se llama Fermín y lo han traído aquí porque tuvo fiebre durante una tarde.
Le gusta mucho hablar y la creatividad. Me explica que tuvo fiebre después de estar en el «terrado» de su residencia habitual tomando el sol. «Estaba hablando con mi amiga la Paca y me dio mucho sol en la cabeza». Fermín seguramente tuvo una insolación, pero como toda precaución es poca, han decidido ponerlo en cuarenta. Él está contento. Dice que se lo toma como unas vacaciones. Me enseña sus poemas, sus libros de mandalas. Se ríe cuando mis guantes de latex se enganchan en una cremallera.
Si, trabajo todo el día con los famosos EPIS. Buzo, guantes, gafas, mascarilla. Es un maldito engorro pero tenemos que tomar estas medidas porque trabajamos con personas contagiadas o que posiblemente lo pueden estar.
Jodido Covid.
